


Dirección: Laurent Cantet
Guión: L. Cantet, François Bégaudeau, Robin Campillo.
Basada en la novela Entre los muros, de François Bégaudeau. Intérpretes: François Bégaudeau y alumnos del Instituto Françoise Dolto
Cualquier cinéfilo adulto que haya sufrido el castigo de una educación desastrosa, de un sádico, legitimado e impune abuso de poder, siempre va a guardar en su retina las venganzas libertarias y poéticas de los que sufrieron el yugo como las que describían la maravillosa Cero en conducta, del irreemplazable Jean Vigo, y la incendiaria If, de Lindsay Anderson. Truffaut le devolvió la dignidad al casi siempre mosqueante profesorado narrando la épica labor del humanista Jean Itard para que un niño salvaje aprenda a comunicarse, acepte reglas, afiance su sentido de la justicia, descubra el placer, la utilidad o la necesidad del conocimiento.
Hollywood, con menos afanes didácticos pero sabiendo lo que exige la taquilla, también ha frecuentado con más trampas que verdad, con tesis convenientemente edulcoradas, con la convicción de que finalmente todo el mundo es bueno, las inicialmente conflictivas relaciones entre profesores y alumnos. Y afortunadamente, en los últimos años, directores más preocupados por la cruda verdad que por la tranquilizadora ficción, como Bertrand Tavernier en Hoy empieza todo, Zhang Yimou en Ni uno menos y David Simon y Ed Burns en la cuarta temporada de la serie de televisión The wire, se han propuesto extraer realidad y conclusiones duras de lo que ocurre o puede ocurrir en las aulas, de las relaciones entre profesores y alumnos, de la simbiosis entre las tensiones del mundo exterior y lo que sucede en el colegio, de la sufrida y frecuente imagen del educador que se toma en serio su trabajo, que a pesar de los pesares no se resigna a la derrota, a lanzar la toalla.
Laurent Cantet se suma con la excelente e inaplazable La clase (el título original Entre las paredes es más adecuado) a los que se han propuesto con éxito retratar el muy duro aquí y ahora en la problemática labor de enseñar y de aprender. Nada huele a impostura en esta película. Cantet adapta un libro del profesor Francis Bégaudeau, que interpreta a su propio personaje, en el que cuenta su experiencia a lo largo de un año en un instituto de la periferia de París, habitado por la multirracialidad, por los hijos de la inmigración o por nativos de clase baja lumpen, por alumnos negros que ejercen el racismo con los magrebíes y viceversa, por gente con recelo o desidia ante la autoridad que encarna ese tenaz profesor que se ha propuesto enseñar la asignatura de lengua a sus impuestos, indiferentes o agresivos parroquianos. No le amenazan con pistolas pero los estallidos de violencia entre ellos o contra él pueden ser muy fuertes, tienen sus días mejores y peores, hay listos, normales, tontos, retorcidos, limpios, traumados, osados, dóciles. Hay de todo, como en la vida, pero las posibilidades de que el verdadero profesional de la enseñanza sienta que ha logrado los frutos que se proponía y que los alumnos asuman que estar entre las paredes es gratificante o decisivo para su futuro, pertenecen al reino de la utopía.
Cantet narra esta historia sin solución y claustrofóbica con espíritu documentalista, plasmando la autenticidad de personajes y situaciones, haciendo que alumnos y profesores se interpreten a sí mismos, huyendo del efectismo, el discurso y la moralina. Y lo hace admirablemente, logrando que el espectador se sienta incómodo, testigo de algo que se parece excesivamente a la vida cotidiana.
Carlos Boyero
Enlace a la web oficial de la película.
Tráiler de la película
olvida de este consejo y habla de todo ello pero en voz baja. Lo vehicula a través de un drama intimista y sentimental en São Paulo, en 1970, fecha en la que la selección de Brasil ganó la copa mundial. Para ello, con un atisbo de añoranza pero con un sentimiento agridulce, nos cuenta la historia de Mauro, un niño de doce años que debe pasar todo ese año lejos de sus padres y en compañía de su abuelo. La situación política y dictatorial obliga a sus padres a apartar a su hijo de ellos temporalmente, mientras que el azar funesto, provocará que nunca llegue a encontrarse con su abuelo. Ello deja a Mauro en manos de la comunidad judía a la que pertenece el abuelo, donde será cuidado principalmente por el vecino, un señor de avanzada edad, reticente a ello, pero inducido por el rabino de la comunidad, ya que ven en la situación en la que se encuentra Mauro, paralelismos con la azarosa biografía de Moisés.
Esta opción no esquiva caer en los territorios comunes de películas de la infancia: el primer amor (Hanna), el despertar al sexo aunque sin el onirismo un tanto bizarro del Federico Fellini de Amarcord (1973) o Léolo (Jean Claude Lauzon, 1992). Todo en este film es suave, de líneas amables. Y como si quisiese establecer una sinécdoque al centrase en un barrio judío de São Paulo acostumbra a utilizar abundantes primeros planos y planos detalle entendiendo que la visualización de cada parte contribuye a la percepción global. De la misma manera, el retrato de una comunidad determinada le permite alcanzar la estampa general de toda una ciudad o un país.
capaz de conceptualizar con exactitud lo que está pasando. No es capaz de discernir la magnitud de la gravedad de la situación. Se siente desamparado, pero a pesar de ello, vive soñando con el fútbol y se aferra a su entorno más inmediato, las familias que le cuidan, Hanna, los amigos de ella, etc. Es, en cierta manera, lo que sucedía en La vida es bella (Roberto Begnini, 1998), en la que el padre trata de hacer creer al niño, mientras están en el campo de concentración, que aquello es un juego, para así, preservar la inocencia de la infancia. Precisamente esa ingenuidad es lo que salvaguarda a Mauro de ser consciente del grave peligro que corren sus padres.



























